El peso de una hoja

•Noviembre 7, 2009 • Dejar un comentario

Retiro en buena compañía

A veces las cosas son tan complicadas o tan sencillas como las queramos ver. A veces no las logramos ver bien. También a veces las cosas no se preparan ni se esperan. Y te sorprenden. Porque es mucho más fácil respirar cuando ves las hojas de los árboles caer, como si se les fuese la vida en ello. Será que no pesan nada. Algún día el Retiro se quedará sin hojas. Así, todo liviano. Ya no pesa. Gracias, Raúl.*

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* Sí, te debo una conversación. Pronto, amigo. Será pronto.

Julio Iglesias

•Octubre 29, 2009 • 2 comentarios

julio iglesias

Otra vez con insomnio del bueno. De ése de dormir sin dormir, de cerrar los ojos sin saber para qué (si total te da igual soñar despierta o técnicamente dormida). Y de repente me veo escuchando canciones de las que me traen recuerdos de hace muchos años —muchos ya—. Y concretamente ahora suena, para sorpresa mía (y vuestra cuando lo leáis) Julio Iglesias. Sí, sí, lo que pone, habéis leído bien. El gallego suena de fondo mientras escribo esto, sentada en la cama con el portátil abrasándome las piernas. No es que sea fan suya, ni siquiera tengo sus discos (al menos no yo, directamente). Pero sí conozco sus canciones, y quizás en una ronda de secretos inconfesables, ligado a un exceso de alcohol y verbigracia, yo diría que me sé sus canciones y soy capaz de cantar sus letras. Y no porque lo escuche de diario. Lo llevo escuchando toda la vida. Y me he acabado aprendiendo sus palabras. Me trae recuerdos a esos años en que haces castillos con cartón y te crees la reina de ellos, o el asombro te hace descubrir el mundo inocente y sorprendida, todo es nuevo. A mi padre sí le gusta como canta y tiene sus discos. Y por eso recuerdo ir hacia Zaragoza escuchando Julio Iglesias en el coche (todos los padres acaban torturando a los hijos con algún cantautor/sucedáneo…). Para mí Julio Iglesias, aparte de un jugador de fútbol lesionado y el hijo de Papuchi (bueno, Iglesias Puga) , son tardes camino de Torrehermosa en el coche, entre las carreteras áridas del centro peninsular. Es la primera bici, una BH, en el maletero, llegar y ver a la familia, algunos de ellos ya ni siquiera están aquí —¡y os echo tanto de menos!—. Para mí era correr libre en tierras aragonesas. Supone un porrón en la mesa lleno de vino, veinticincos de diciembre comiendo con la familia (¡juntarnos todos!), oír jotas en directo, que todos te saluden y te digan “cuánto has crecido, pequeñaja”, y te tiren de los mofletes. Para mí supone ver las cavas y las neveras excavadas en las montañas de arenisca, asombrarme con los chistes de mis tíos, que me lleven de la mano por las calles a ver gente que me conoce sin yo recordarlos, y llenarme los bolsillos de pastas de té, dando las gracias con un beso y la sonrisa. Oír el “¡anda que no se parece a su padre!…¡si son iguales!”, y reírme risueña. Escuchar historias de personas que te aprecian, comer bocatas de longaniza y lomo sentada con las primas en la puerta, no hay prisa, y vuelta a la Alcarria casi por la noche. Julio Iglesias para mí es ir a lavar el coche con mi padre, y jugar con las pistolas de agua y los cubos, cuando los dos nos permitíamos hacer el tonto y reírnos el uno del otro, mancharnos, mojarnos y ser felices. Supone buscar cualquier excusa para subirme a los pinos a coger piñones, y con un guiño convencerme para jugar al frontón o al tenis —¡y me dejabas ganar, papá!—. Aún  recuerdo aquellas raquetas de playa, de madera de cedro. Es ver nevar por las ventanas de casa, la nariz roja, mirarme y ponerme el abrigo, las manoplas, y bajarme al parque, para que pudiera hacer mi muñeco de nieve. ¡Y te encargabas tú de ayudarme a juntarla, tan fría! Para mí Julio Iglesias es enseñarme a ir en bici, dejarme ver tus discos (cuando aún se tenía respeto por el vinilo), sentarme a hacer sumas y restas, y bañarme antes de ir a dormir. Y aunque con los años nos volvemos los adultos un poco tontos, me encantaría volver a todo eso. Muchas veces, papá, deberías sonreír más a menudo y dejar el traje de serio en la oficina. Por eso Julio Iglesias me hace sonreír. Algún día lo canto en directo. Y os sorprenderé a todos.

Será que tengo la noche tonta y sonrío en exceso. Pero me gusta sonreír así. GRACIAS.

Folías

•Octubre 23, 2009 • 2 comentarios

Tengo que reconocer que cuando tengo el día alegre, escucho música alegre. Y hoy es uno de esos días (o mejor dicho, de esas noches). Hace días me cautivaron las folías del gran maestro Savall, y hoy quiero compartirlas con vosotros.

La folía es una vieja danza de origen castellano, descrita por Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana como «una çierta dança portuguesa, de mucho ruido porque ultra de ir muchas figuras a pie con sonajas y otros instrumentos». Danza alegre, según algunos autores es ya citada por el portugués Gil Vicente como una “danza de pastores”, en 1503, en una de sus obras. Popular, animosa, que alegraba los humores y propiciaba la improvisación, será una cualidad aprovechada por los autores del barroco. Interpretadas con arpas, violas, violines, guitarras, y cierta percursión, se irán adoptando nuevas progresiones armónicas, conviertiéndola en un tema musical recurrente, con cierta similitud a las chaconas, los pasacalles y las zarabandas. Su tema principal, sometido a variaciones, modulaciones y alteraciones, será ampliamente utilizado por autores como Corelli, Lully, Antonio del Cabezón o Juan del Enzina. El origen ibérico acabará diluido en las cortes de época, y el propio Lully la adaptará al noble amargor de Versalles, siendo una folía más sosegada, menos pasional. Dejando cierto regusto peninsular, aún sobreviven en Canarias, siendo un baile tradicional de tempo lento.

Por eso rescato para vosotros dos folías que el gran Jordi Savall ha tenido a bien de interpretar junto a sus músicos. Como decía Donato, un amigo, es “música hipnótica”. Melodías que te animan a sonreír. A evocar recuerdos y a viajar dentro de tu mente. A volar todo lo lejos que quieras y a descansar todo lo cerca que puedas. La primera de ellas es de un cancionero anónimo del s. XV, y si prestáis atención podréis oir el boato de la corte, el protocolo cerca de los tronos, las criadas con bandejas en el banquete, las risas de las doncellas en los divanes, el ruido de las copas. Podréis escuchar el rasgueo de las cuerdas, y los pasos de los danzantes en la gran sala aterciopelada. El medievo en sus atardeceres, el otoño de la Edad Media, como decía Huizinga en su libro. Y ésa es para ti, Roberto. Y la segunda de ellas es una folía criolla, de Perú, llamada también El espíritu de la danza, de 1650. Evocadora, te transporta a épocas coloniales, alegre barroco, el arpa te deja caer entre los maizales, y puedes oler los cafetos llenos de granos desde aquí. Oyes niños correr entre plantaciones inmensas de azúcar, y ves rubores de jóvenes con faldas caminando con cestas de ropa, de un crisol de colores, a juego con los cedros, las quinas o las vainillas peruanas. Es la alegría hecha danza. Y ésa, por ser alegría, es para la pequeña Uxue. Espero que Mikel y Marta te duerman con canciones de duermevela como ésta. Para que en tus dulces sueños evoques algodonales y risas, sol y brisa, calma y dorados.

Terolianos

•Septiembre 19, 2009 • 2 comentarios

Sí, esta entrada es vuestra y sólo vuestra. Me parecía una desfachatez llenar el blog de Óscar de lagrimones y explicaciones a destiempo, así que para todo el que se pase por aquí, espero jamás tener que escribir otra explicación así.

Digamos que el año ha sido raro (¿y cuándo no es un año raro?). Bueno, me refiero a que en poco tiempo han cambiado muchas cosas, incluso yo. Mea culpa que en el fondo soy una cobarde y no me atreví a seguir al pie del cañón, así que decidí apartarme sigilosa sin hacer ruido, y no os dije nada. Y os echaba mucho de menos (¡ya véis, extraña distancia!).

Para mí este año comenzó ayer, por la mañana. Año Nuevo, vida nueva. Si hago balance, el pasado tuvo sus momentos buenos, sus momentos geniales, y sus horas bajas. Han sido demasiadas horas bajas, he cavado demasiados pozos, y me he quedado esperando a que hubiera algo de luz. Y sin duda, no sé si tendré tiempo para agradecer tantas escaleras que los que me rodeaban decidían echarme, por si acaso me atrevía a subir de nuevo. Y un día, me cansé de esperar, sentada. Así que poco a poco vuelvo a ser la misma. No, miento, la misma no.

He crecido como persona demasiado (demasiado para lo que fue). A veces las cosas no salen como esperamos, pero sin duda, hay que extraer lo bueno (y lo mejor) de todo, y aprender. ¡Maldito desamor! Sería el efecto dominó, pero dejé caer demasiadas piezas. Me cerré en una burbuja, porque el aire de fuera se me hacía irrespirable. Y por culpa de la burbuja dejé de lado demasiadas cosas… Os dejé a vosotros, sin querer queriendo. Dejé la carrera (y ahora la he vuelto a coger por las riendas, para que no se escape). Dejé que mucha gente se cansara de “¿pero otra vez con lo mismo, Cris?”. Por no hablar incluso de salud…

Por eso siempre hay que aceptar los cambios. Las pequeñas grandes variaciones. Ahora mis miras van más allá de las de antes. He aprendido a buscar con los pies en la tierra y a no confundir tiempo con madurez, ni siquiera des-tiempo con inmadurez.

Si tuviera que dar las gracias, no sabría por dónde empezar. Sólo sé que a vosotros os incluyo en ese conjunto de personas con las que alguna vez brindaré con una copa de cava, para celebrar seguir aquí. Porque a pesar de todo he conocido a mucha gente que ahora anda en el camino conmigo. A fin de cuentas, he ganado más que lo que creí perder.

Por eso, mis disculpas. Para que no vuelva a pasar, seguiré aquí. Muchas veces pensaba (en mi pozo, en las horas bajas), “¿qué harán ahora los terolianos?”, pero mi cobardía no me dejaba volver. Echaba de menos las risas y el colegueo, la sensación de familia, que tan lejos y tan cerca os veo, y el lugar tan acogedor que Óscar sigue llenando con sus palabras.

Por eso te adelantaste, Mikel. Porque este post estaba preparado, para poder volver por la puerta grande.

Ahora sí, el saco de besos y abrazos que os prometí. Y os guiño un ojo, porque puedo decir: regreso a casa, familia.

2-17

•Agosto 29, 2009 • 1 comentario

Pues te va a tocar elegir dos números.

¿Dos números? Bueno, hay demasiadas combinaciones, no sabré por cuál decantarme.

Sólo dos, ¿vale? ¿empezamos?

Sí, creo que estoy lista (le dijo la escapista al público).

Bueno, entre 1 y 2, ¿cuál te quedas?

Dos, evidentemente. Las cosas son de dos, siempre.

¿Y del 1 al 435? (El mago ya se ponía nervioso, redoble, la chistera se cae…)

El diecisiete. Siempre me gustó ese número, es un bonito día para anotar una X más en el calendario, los años, que caen inexorablemente…

2 y 17.

“LA FELICIDAD, A MENUDO, SE CUELA POR UNA PUERTA QUE INADVERTIDAMENTE DEJAMOS ABIERTA”

Es un bonito regalo. Una bonita frase que te has sacado de la chistera. Como aquella que dice lo de “estás aquí para ser feliz”. Voy a ir dejando puertas abiertas…

houdini-firma

Serrat

•Agosto 23, 2009 • Dejar un comentario

He estado en playas de arena dorada, marismas donde el agua jugaba con los niños. He visto nubes de algodón que abanicaban a las botjas y a las sabinas. Me he sentado en hamacas de rayas blancas y azules cerca de casas encaladas, donde las adelfas rosas caían cuando el viento susurraba mi nombre. He visto faros en días sin sol, donde he mirado atardeceres rojos (a los que se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino). Me he perdido camino de las covas foradadas, y he encontrado luz a lo lejos, en el tímido horizonte al que se asoman. Me he sentado en piedras a ver cómo Lorenzo se dormía, bostezando contra las rocas de los calones, rompiendo olas sobre el vergel de algas. [Sonríes]. Y me dabas la mano cerca del E-0251. Saltaba hacia la inmensidad en acantilados donde apagas el cigarro, sentada donde el viento traía olor a sal. He buscado el cyan en la caja de óleos para acompañar al magenta de los atardeceres y a rosado de los amaneceres, donde el amarillo deja una estela fugaz. He contado todas las rocas de la playa esperando a la noche. Me iluminó la sonrisa aquel faro aquella noche, cuando el sol nos hizo quemaduras y aquella libertad, como ninguna. Céfiro se llevó las velas de los barcos y se sentó a varar en la costa sombrillas y visitantes, para nunca quedarse solo. Me asomé desde  la tarima de la embarcación, oteando el horizonte, que se alejaba de la isla. [¡Ten cuidado!, decías]. Pinté un mapa en la arena donde poder encontrarte, y lo firmé con conchas que se olvidaron cómo regresar a casa. Nadé en el agua salada y me tumbé en la toalla azul, descansando con la sonrisa puesta. Fui paseando por el pequeño malecón de pino hasta perderme en los canchales y pinares de la isla, y regresé cuando ya no oía a nadie, mientras el quejigo y el romero me besaban las sandalias. Escuché guitarras por la noche y me dormí con la luz apagada, en la casa encalada. Caminé hacia Ses Illetes por la mañana, pequeño paraíso, para perderme entre el gentío y esconderme en tu cabeza. Me olvidé una camisa en aquel armario de caoba. Vi un chápiro verde, como el del cuento aquel, al salado sol. Como el Mediterráneo de Serrat. Sonreí, y me despedí de la playa. Hasta el año que viene…

(Y lo malo es que me lo han contado, aunque Cristinita sí lo ha visto con sus ojos…)

Donde el viento traía olor a sal

Alguna vez fue verdad

•Junio 1, 2009 • 1 comentario

Alguna vez me confundí de café. Alguna vez me confundí de estrellas. Alguna vez pensé que era verdad. Quizá algún día sí sea de verdad. Seguiré sonriendo, por si acaso. Hubiera estado muy bien jugar a la soka-tira de verdad. Verdaderamente bien. “But girl I’m glad I fell in your way”…

“Adored”

I can say this life is
Much better today
Everything turns right if
Wrong gets in the way

Yeah I’ve got the feeling
It’s something I find hard to explain
See I wasn’t looking

But girl I’m glad I fell in your way

Then she says oh boy, oh boy
Count your lucky stars

Count what you’ve been wishing for
Oh boy, oh boy
Count the life you lead
Count how you are now adored

I can say the sun
Burns much brighter today
I can see my path though

Clouds darken my way
Yeah I’ve got this feeling
It’s something I find hard to explain
See I wasn’t looking
But girl I’m glad I fell in your way

[chorus]

She said she was tired of
Watching me just wilt and bleed
She said I’m like Jesus
I save those who do believe
Do you, do you believe?

[chorus]

¿Y ahora qué?

•Mayo 7, 2009 • Dejar un comentario

nothing

Bienvenido

•Mayo 5, 2009 • Dejar un comentario

Dejaré la puerta de atrás abierta…

Los peregrinos de Van Gogh

•Abril 11, 2009 • Dejar un comentario

Nunca me había parado a pensar en las palabras de Van Gogh hacia su hermano Theo, en una de sus cartas. Vincent, en calidad de ayudante del predicador Jones, un pastor metodista y tras haberse trasladado a un suburbio obrero de Londres, Isleworth, le escribe a su hermano el primer sermón que pronuncia, haciendo referencia a a un cuadro de Boughton expuesto por esa época en la Royal Academy de Londres (“‘¡Dios da prisas! Peregrino en el camino de Canterbury; el tiempo de Chaucer. Amsterdam, Rijksmuseum Vincent Van Gogh), así como al libro de J. Bunyan The pilgrim’s progress (1678), que le inspiran. Leyendo con otros ojos (no el mero hecho de ser un sermón religioso), se puede aplicar la oratoria a la vida real (o quizá debería decirlo con mayúscula… la Vida Real). No, no me he vuelto metodista, tranquilos. Es que veo con otros ojos (y quizá no míos) esta vida…

Nosotros somos peregrinos, nuestra vida es un largo camino, un viaje de la tierra al cielo. [...] Nuestra vida es como el camino de un peregrino. Una vez vi un espléndido cuadro; representaba un paisaje al atardecer. A la derecha, en la lejanía, una hilera de colinas que parecían azules entre la bruma de la tarde. Sobre aquellas colinas, el esplendor del anochecer, nubes grises con estrías plateadas, doradas y púrpuras. El paisaje es una llanura cubierta de hierba y de brezo; aquí y allá las cortezas blancas de los abedules con las hojas amarillas, porque es otoño. Atravesando el paisaje discurre un camino que se dirige a una montaña alta, muy, muy lejana y, en lo alto de la montaña, una ciudad sobre la que el sol del anochecer arroja una luz de gloria. Por el camino avanza un peregrino, que sujeta un bastón en la mano. Camina desde hace mucho tiempo y está cansado. Se cruza con una mujer, una figura vestida de negro, que hace pensar en las palabras de San Pablo: “Aunque triste, siempre está alegre”. Ese ángel de Dios ha sido colocado allí para animar al peregrino y para responder a sus preguntas; y el peregrino pregunta: “¿Este camino, siempre es en subida?”. Y la respuesta es: “Sí, hasta el final”. El peregrino pregunta de nuevo: “¿El viaje, durará todo el día?”. Y la respuesta es: “Desde la mañana hasta la noche, amigo mío”. Y el peregrino prosigue su camino, triste, aunque siempre contento.

Jamas pensé que las palabras (que no los cuadros) de un pintor pudieran describir no sólo un paisaje, sino un sentimiento, un estado, una emoción. La vida siempre es cuesta arriba, y dura desde que amanece hasta que Lorenzo se va a dormir. Y es cierto, la vida es tan corta o tan larga como la queramos ver. Lo importante es centrarte en los pequeños detalles que te dejan sin aliento. Y caminar, tristes, aunque siempre contentos: nunca sabemos lo que nos aguarda al despertar. Van Gogh decía que al igual que decimos que en el color buscamos la vida, la auténtica pintura consiste en modelar con cualquier color. Y yo añado que la auténtica vida es saber combinar esos colores…

[nos parecemos demasiado Van Gogh y yo... me temo...]