Si es que no sé ni qué poner…

•febrero 13, 2014 • 1 comentario

Siguiendo mi línea de post=sentimiento negativo, la verdad es que lo hago con la visión que me da el tiempo, y la mala ostia que se me ha puesto hace un rato al enterarme de la última…
No me apetece informar vía red social, básicamente porque no es de la incumbencia de nadie, demasiado bombo se le dio con noticias y fotos hace dos semanas al tema incendio, todos los periódicos publicaron algo, y nos hartaron bastante las teorías conspiratorias de los idiotas que pueblan la aldea. Por orden…

Hace dos semanas NOS QUEMARON (y lo digo así, personalizándolo, porque incluso intuimos quién ha sido) la casa de mis abuelos. La casa palacio. La casa protegida por Patrimonio y de la que ya habían dado cuenta de la puerta del s. XVII, destrozándola con un hacha y a patadas, tiempo ha, y la cristalera del salón, todos los cristales ensamblados, más de 3 veces ha pagado el seguro su reparación al completo (los muy cabrones hicieron diana con piedras que de haber habido gente en ese salón, la habrían matado). A dos días de haber cambiado la puerta del jardín de la parte de atrás, después de lidiar con los obtusos de Bellas Artes para que dieran el pertinente permiso; no habría evitado que hubieran saltado el murete, pero bueno… Así que la madrugada de hace dos semanas, un lunes a las 02.00, “ardió” la leñera sin leña, la que tenía la luz cortada desde el 2004 (vamos, no ha sido fortuito), prendió en limo los pilares de madera y las vigas, del mismo material, y cedió todo el suelo del piso de arriba. Todo. Y mientras tienes que mirar con cara de gilipollas cómo arde tu casa. Porque la ves arder la noche más fría. Los tabiques quedaron prendidos de la casa de mis abuelos, con todo su peso (todo ese lado de la casa era de ellos, pero en el piso en que viví fue el que identifico como de ellos, en el de abajo siempre hubo inquilinos: el de los inquilinos que lleva vacío algunos años tiene ahora los muebles suspendidos en el aire, agarrados con saña a las paredes, a las tuberías). Se quemaron las bajantes, ha ennegrecido el baño de la casa de mis abuelos todo el humo que subió, tuvieron que romper la claraboya para que hiciera de chimenea, desalojaron a mis vecinos (que vivían en la otra ala de la casa) por la ventana… Se personaron varias UVI (por si acaso), tres dotaciones de bomberos y muchas patrullas de la Guardia Civil. Y ardió durante casi cinco días, porque es madera que arde en tres fases. En Madrid nos enteramos el lunes por la tarde, cuando mis padres se habían llevado un susto la noche de antes pero no nos quisieron decir nada para no preocuparnos: los avisó mi abuela a las 3 de la mañana porque no conseguía localizarlos en mi urbanización la Guardia Civil. Estuvieron toda la noche sin dormir, al raso, mientras trabajaron los bomberos. Nosotros cogimos el coche esa tarde y fuimos a ver cómo seguía la casa, y mientras los bomberos volvían a llenar de espuma ignífiga toda la casa, los tres cabrones que intuimos han sido estuvieron comiendo pipas enfrente. Y te dan ganas de muchas cosas, porque te dice la Benemérita que al no “haber pruebas contundentes”, no se les puede acusar… ¿Pruebas contundentes? ¿Qué cojones quieren, que se les haya caído la billetera con el DNI, la declaración de Hacienda, a los culpables? En fin, puto país, puta gente, todo. Lloras de impotencia al ver como tu casa puede seguir hundiéndose más mientras sigue ardiendo, porque no puedes hacer nada. Cómo hay gente tan mala como para quemarte la casa, sabiendo que vive gente en el otro lado, que no es una casa abandonada, que te conocen. Cómo, cómo cojones. Lloras de rabia porque aún encima tienes que dar las gracias de que no haya sido más.

Y hoy, al llegar a casa, más mierda. Han entrado a robar en la casa de mis abuelos del pueblo. Se había enterado mi madre porque en los pueblos en los que lleva las cartas ya lo habían hecho hace varios días: te desmontan el bombín, entran a tu casa, y buscan cosas de valor; que no hallan nada, se piran. Y que no te pillen en la casa. Así que aprovechando que la nieve ya se ha ido, han llegado mi padre y ella esta mañana al pueblo “a dar una vuelta por si acaso”, y otro percal. Los dos bombines de la puerta rotos, toda la casa revuelta, cajones tirados sobre las camas, buscando yo qué cojones sé… Al parecer no se han llevado nada de valor, o nada (porque no está segura de qué cosas tenía mi tía), y de haber robado, ha sido la Play Station 1 de mi primo. En fin, más hijos de la gran puta porque SÓLO HA SIDO EN NUESTRA CASA, no han entrado en ninguna más (y ojo, no está a la vista, ni es la primera según entras al pueblo).

¿En serio, por qué? ¿Tan mala suerte tenemos? Te dan ganas de todo porque la Justicia en este país va como va. Y va a seguir así por mucho tiempo…

Perdonad la disposición de las palabras. Simplemente me apetecía desahogarme un rato…

Santiago

•noviembre 27, 2013 • Dejar un comentario

Últimamente sólo uso el blog para contar cosas tristes [lo siento]. Aunque tengo muchas más buenas. Pero supongo que vuelve a cumplir una de sus funciones primordiales: desahogarme un poco.

Estoy muy enfadada. Mucho. Menuda mierda que nos dijéramos en el último funeral que nos tomaríamos una cerveza y que no haya sido así. Sé que mi padre, huérfano, siempre te quiso mucho y fuiste como un hermano mayor. Y yo guardo, aparte de pequeñas cosas de valor sentimental, un video, de hace muchos años, subiendo a una iglesia zaragozana a tus hombros. Sale tanta gente que ya no está que en casa está guardado como si se tratara de oro…

Pero sobre todo, estoy enfadada porque no me gusta ver llorar a mi padre. Aunque se dé la vuelta, lo vemos. Y mantenemos el tipo el resto. Él se enfada por llorar, y yo por no poder. Y cansada. Estoy cansada. No es justo. But “… it’s better to feel pain, than nothing at all…“. Gracias, Santiago, por todo.

I’m going down

•octubre 1, 2013 • Dejar un comentario

Suerte, querido A, en los nuevos proyectos. Pequeño tributo.

El indio cani cazador de caimanes, fuente de sabiduría vital

•agosto 25, 2013 • 2 comentarios

Sí, niños, sí. No me he vuelto loca (del todo). Estoy aburrida, para qué negarlo, preparando unas prácticas sobre la Unión Europea que llevan esperando y poniéndome ojitos tiernos desde que decidí aplazar la asignatura hasta el final del estío (en un vago intento por prepararla durante toooodo el verano; como si no nos conociéramos ya, Cristi, parece mentira) y hoy me he dicho “this is the DAY”. Pero lo cierto es que es un coñazo soberano y regio, me están hartando las prácticas del sr. Leprechaun (¡¡tronco, ¿a mí qué me importan los documentos Comunitarios Europeos o las políticas de acceso a los documentos históricos…? Por no hablar del listado pormenorizado de leyes en EurLEX -quiero/debo/necesito pegarme un tiro-… Leprechaun, tú antes molabas).

Con la tontuna de preparar lo que he dejado para este septiembre, empalmando la beca con el contrato de todos los veranos y nuevamente la beca ahora en septiembre… no voy a tener vacaciones [aquí el público lector debe llorar]. Y lo cierto es que, mal que me pese reconocerlo (gñeeeee), ando bastante exhausta. No ha sido sólo un año, sino dos. Bueno, o algo más. Llevo tiempo sin vacaciones, sin tirarme a la bartola (DE VERDAD, no vaguear sólo un día). Necesito descansar. Porque el cansancio mental y físico se ha unido, como si fueran dos siameses, y no logro ubicar el principio de uno con el final de otro.

A lo que iba. El otro día, tras llegar de trabajar (rutina diaria): quitarme el uniforme, dormitar 5 minutos sentada, bajar a comer, subir a echarme una siesta de las que se te van de las manos y te despiertas a las 19.00… y luchar contra la molicie y el hastío para ponerme a hacer algo de las tareas académicas (sin aprovechar bien el tiempo), decidí “tomarme un descanso” (de los de antes de empezar a hacer algo). Atraída por el sonido de la tele como las viejas a los cupones de ofertas, eché un vistazo al salón, donde mi queridísimo hermano yacía tirado en uno de los sillones, concentrado en la pantalla. Pensé “otra serie de coches, fijo”. Y no, señores, no. Mi hermano se ríe porque cuando hago zapping y me paro durante DOS MINUTOS en canales basura tipo MTV, a ver chonis americanas chillando en los bares (sí, es Jersey Shore; podéis pedir mi expulsión del país), y casualmente él me pilla en mi momento zapping, él alardea de ver programas interesantes. Sí, todos de subastas, subastas de coches, subastas de objetos antiguos, cazatesoros de subastas y… coches. Todos los programas habidos y por haber de coches: desmontarlos, montarlos, piezas interesantes y extrañas, compra venta de vehículos, tuneado, etc. En fin, muy sibarita el crío (si viérais mi garaje, todo el aceite por el suelo, herramientas, motores y demás, me entenderíais).

Y por primera vez, aleluya hermanos, no era de coches. Resulta que en uno de estos canales “culturales” ponen a media tarde un programa sobre cazadores de caimanes. Sí, sí. “Cazadores del pantano”. Me reí, claro. A estas alturas de la película no me veo viendo “Jara y sedal”. Y me senté, por curiosidad. Resulta que compran etiquetas (para controlar el número de animales) y tienen que cazar caimanes (Illionis, oh, bendito lugar). Es un reality de cazadores, muy garrulos, muy americano profundo, con lanchas a motor, barro, escopetas gigantes y escupideras para el tabaco de mascar. Eso sí, las dos tías que cazan me resultan simpáticas. Hay dos hermanos que dan un poco de asquete (tipo síndrome de Diógenes) y un par de indios chonis (indios americanos, claro), amen de un familia entera y otro pringados novatos con un perro. Y ahí es donde voy.

Me hallaba yo con mi cocacola y un bocadillo (es que bajaba a merendar, por si no lo había dicho), cuando de repente, en una de las situaciones del programa (te cuentan todos los días de la temporada de caza… jajaja, en plan GH), uno de los dos indios canis (adjunto foto, para que se entienda), cazando ya cansadísimo porque se acerca el final de temporada, tiene que dejarle las riendas a su hijo indio cani (de esos de to wapo reshulon que dispara el arma con un solo brazo y lleva pendientes de diamante). El hijo, que lamenta que su padre sea tan cabezota y a pesar de la extenuación, continue (llevan 23 días trabajando desde las 06.00 hasta las 21.00), le dice que pare, que descanse. Y el padre indio cani le suelta “no, hijo, ahora es cuando debemos trabajar; la temporada se acaba, y tenemos que dar el 100% de nosotros. Después ya descansaremos, pero ahora es tiempo de esforzarse al máximo”.

Sí, señores, sí. Ahí es cuando me dije “cojona, Cristi, este tío tiene razón. Deja de holgazanear y hacer el canelo todas las tardes y ponte a acabar lo que tienes pendiente. La satisfacción de descansar cuando acabes no te la va a quitar nadie. Y es justo ahora, ahora mismo, cuando tienes que dar el 105% de ti. Así que no te quejes tanto y ponte al turrón, cueste lo que cueste, que puedes”.

En fin, ya acabo. Ando con las pilas cargadas gracias a un indio (americano) cani cazacaimanes que me ha iluminado con su sabiduría vital. Voy a tener que decirle a mi hermano que selecciona buenos programas de TV.

Padre cani (de negro), hijo cani (con los brazos cruzados)

Viejo cuento

•mayo 12, 2013 • 1 comentario

Hacía frío cuando he bajado del tren. He estado apurando las horas en Madrid esta tarde. Supuestamente aprovechando el tiempo, pero lo cierto es que llevo días sin centrarme, agotada mentalmente.

Está siendo un mes de mierda, por calificarlo de alguna manera. Hace no mucho que murió alguien de la familia. No tenía mucha relación con ella, pero me hubiera gustado, ¡redios que sí!, haber sido algo más sobrina y menos desconocida. En Semana Santa estuvimos en Zaragoza viéndola, a ella y a los demás, porque la habían ingresado de nuevo. Después de (superar) un cáncer, muere por una negligencia médica en toda regla, del corazón. Comimos con su hermana mientras ésta nos contaba cómo a mi padre le prohibieron verlas (mis propias tías), de pequeño, cuando mi abuelo —el hermanastro— murió (de cáncer, también). Hacía muchos años que no veía a mi padre llorar como en aquella comida. En silencio, en la mesa. Mientras los demás no decíamos nada. En el hospital le dije a ella: «no se preocupe, cuando se ponga bien, comeremos en su casa, todos juntos; ya verá como nos vemos pronto». Y murió el sábado siguiente, sin decir nada.

Toda la gente que se va de mi lado, se va con una promesa. Les prometo algo que nunca cumplo. Como aquel ensayo, aquella canción, aquella comida. Me dejáis un vacío que no sé cómo ir llenando, aunque pasen los años, y pasen, y pasen… sigue yermo y seco.

En semanas de mierda como ésta vuelven todas esas promesas incumplidas. No éramos amigos, en honor a la verdad, pero sí conocidos, compañeros de instituto. Cuando me lo dijo mi hermano no me lo podía creer. Casi en el acto. Con veintiséis. En verano estuve cenando con unos amigos en su restaurante; todos esos premios no habían sido regalados. Merecía la pena compartir mesa y degustar aquellos platos. Yo no pude salvarte, Santos, pero hace siete años a Ana María sí. O quizá sí, y no lo logré. Supongo que la punzada de culpa me acompañará siempre.

También ella murió de un accidente de moto, aunque pasó varias semanas en coma hasta que decidieron desconectarla. Iba con el pianista del grupo. Esa tarde teníamos ensayo, y al no aparecer por el local, lo llamamos insistentemente. Supongo que siempre recordaré lo que le dije: «vente al ensayo, Dani, por favor, mañana podéis salir otra vez de fiesta». Varias llamadas. Pero él no quiso. Si hubiera insistido un poco más, si lo hubiera convencido, no hubieran estado en el pinar y no se habría caído ella de la moto. Quizá un par de llamadas más; haberme puesto más pesada. Lo siento, Ana, lo siento de corazón.

No puedo jugar a los futuribles, pero si volviera a tener quince años, os prometería muchas cosas. Habría convencido a Dani, grabado aquella canción con mi abuelo o visitado más veces. Os habría dicho que os quiero, a mucha gente. Habrías entrado a aquel ensayo y habríamos celebrado en familia muchas cosas. Te habría abrazado más, abuela. Me habría ahorrado conocer a mucha gente (mala), y habría aprovechado mejor el tiempo con los que de verdad importan. Te habría avisado, Santos, aquel día. Lo siento. La silueta que el sol dibujó trajo un vacío de sombras.

En todo eso iba pensando al bajar del tren, con el aire enrarecido y Sigüenza marchita, callada. Llorando, andando de camino a casa. Después de aguantarme las lágrimas mucho tiempo.

Habemus nuevo blog

•diciembre 9, 2012 • 3 comentarios

Tras un puente agradable en La Alberca y una charla bastante interesante (seré breve), he decidido crear un blog que, en palabras del interesado y protagonista “puede vender… vamos, que nos forramos”. Y digo yo… ¿por qué no contar mis vivencias con el pequeño kender? Tranquilos, no es un blog moñas (para eso tengo éste). El otro va a ser un pequeño proyecto de libro a publicar (puliendo mucho) con las situaciones anecdóticas que rodean mi vida cotidiana con el sr. Burrfoot. Por secciones (cocina, baño, planchar la ropa…).

No hay entradas aún, pero quería dejar constancia de su existencia:

http://tioroberestonto.wordpress.com/

¿Por qué ese título? Porque la sobrinita de Rober, cuya sabiduría y sapiencia es proverbial, la pronunció hace un año, tras la negativa del primero a jugar a las princesas (necesitábamos un príncipe en funciones, evidentemente). Así que andamos de estreno, familia. En las mejores butacas, próximamente.

De esos días

•diciembre 2, 2012 • 3 comentarios

tristes.

 

Con sensaciones que no recordaba.