“De magistro, 45”

El otro día, en clase de Pensamiento y actividad intelectual en la Edad Media, de esas lecciones que luego recuerdas, estuvimos comentando un texto de San Agustín. San Agustín hace referencia al trabajo del profesor: el ser humano no puede conocer por sí mismo. De ahí la imposibilidad de la tarea docente. Un texto verdaderamente revelador:

¿Acaso pretenden los maestros que se conozcan y retengan sus pensamientos, y no las disciplinas que piensan enseñar cuando hablan? Porque, ¿quién hay tan neciamente curioso que envía a su hijo a la escuela para que aprenda qué piensa el maestro? Mas una vez que los maestros han explicado las disciplinas que profesan enseñar, las leyes de la virtud y de la sabiduría, entonces los discípulos consideran consigo mismos si han dicho cosas verdaderas, examinando según sus fuerzas aquella verdad interior. Entonces es cuando aprenden; y cuando han reconocido interiormente la verdad de la lección, alaban a sus maestros, ignorando que elogian a hombres doctrinados más bien que a doctores, si, con todo, ellos mismos saben lo que dicen. Mas se engañan los hombres en llamar maestros a los que no lo son, porque la mayoría de las veces no media ningún intervalo entre el tiempo de la locución y el tiempo del conocimiento; y porque son advertidos por la palabra del profesor, aprenden pronto interiormente, piensan haber sido instruidos por la palabra exterior del que enseña.

Bien es cierto que los alumnos necesitamos que nos guíen por la senda del conocimiento. Y que muchas veces los profesores no eligen la mejor ruta. Reconozco la relativa decepción en cuanto al mundo universitario: esperaba esas lecciones magistrales que hasta ahora sólo dos profesores me han impartido de una manera decente. El resto se ha limitado a —a mucha honra para ellos, también hay que decirlo— a repetir unos apuntes que se han preparado con antelación. Y no me quejo de que hagan mi posterior trabajo, pero esas clases no dejan de ser la repetición de las palabras de los autores laureados: tampoco ellos pueden dedicar a estudiar durante toda su vida todo el material docente que impartan sin hacerse eco de esas voces anteriores. Antes que nada la labor investigadora se centra en ir cimentando esos conocimientos junto a los miles de granos de arena de los saberes nuevos. Es una tarea en la que todos colaboramos. Y también es cierto que para seguir progresando en esas áreas aún sin cubrir es necesario centrarse en la mínima parte. En el átomo, diría un amigo. Y ello implica sostener durante toda una vida la misma teoría, o investigar determinados códices que formen una red en torno al área de estudio. A lo mejor la tarea docente no está bien pagada. O a lo mejor, los alumnos desaprovechamos los pocos momentos de lucidez intelectual que gastan algunos profesores en sus clases y viendo la poca atención prestada, deciden centrarse en la anodina tarea de repetir textos ya estudiados por otros.

Anuncios

~ por Amelia Edwards en octubre 22, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: