The might of Rome

Es por hacer tiempo. Necesitaba plasmar esa conversación que tuvimos ayer. Porque aún le sigo dando vueltas. “Ten cuidado, porque vas a acabar como Nash, el de Una mente maravillosa“. Pero es que te reías mientras me decías eso. Así que no tuve más remedio que sonreir. Me echaste la bronca. Me pareció correcto preguntarte por la ausencia de la clase anterior, a la vez que mostrar pleitesía y preguntar por tu congreso. Y me alegro fuera bien.

Pero sigo pensando en lo mío. “Que no te centras, y haces muchas cosas…” Sí, vale, lo reconozco. Es verdad. Pero ya no tiene remedio. Pero de ahí a que me encierre en mi propio mundo interior como John Nash, creo que hay un trecho. No sé si quisiste referirte a que dedico demasiado tiempo a cosas banales en vez de preocuparme por cosas mucho más terrenales, que afectan a las personas que me rodean, si bien no soy un ser aislado. No por observar como Irene Adler, ejercicio del que me vanaglorio y que constituye una verdadera manera de aprehender nuevos conceptos en torno a la realidad, parezco más fría y calculadora. No por medir mis pasos ni los de tantos soy un ser alejado de esta sociedad. No por ello me aparto del calor humano.

Me preocupa esa imagen exterior que parezco dar. Ni me convierto en una psicótica ni padezco esquizofrenia. Es evidente que me gustaría llegar tan sólo a la mínima genialidad de ese Nash con el que me comparas (y yo diría, te compadeces de mí): al menos para poder llegar a establecer un nuevo límite de conocimiento. Si en el fondo es pura pintura de una pared en blanco. A la espera de que disparéis palabras de tinta con las que marcar las grietas del techo, con las que acallar los pasos del suelo, con las que tamizar el yeso de las paredes. Soy narcisista. Soy orgullosa. Y no puedo evitarlo. Pero al menos sé separar vida de trabajo, amigos de colegas, libros de libros. Sé donde se encuentra la frontera —que no deja de ser un pequeño límite— y procuro no acercarme demasiado: por si resbalo y caigo.

Y me sorprende que en el fondo me dijeras todo aquello. Me alegró saber que te preocupas por mí: pero ahora soy yo la que me preocupo por lo que estés pensando. Indiana Edwards es sólo un nombre más. Antes era Irene Adler (y en el fondo sigo siendo): el cariño con el que me otorgaron ese nombre no podré olvidarlo. Pero era un momento de cambiar, de escribir para nuevas personas. O para mí misma.

Al igual que Nash, soy consciente de esos fantasmas que me rodean a veces (y que no son incorpóreos o fruto de mi fecunda imaginación). La diferencia es que yo me doy cuenta a tiempo que para llegar a ser un ser humano, una persona en todo el amplio sentido de la palabra, es necesario tomar conciencia de lo que nos rodea: es la socialización la que nos convierte en humanos. Es vivir en relación con el resto de personas, sin estar en un mundo interior aislado. Es cruzarme con tanta gente en este mundo tan pequeño. Es sonreir al saludar. Es recordar tiempos pasados. Es compartir tiempos nuevos.

¿O acaso pensáis que soy una fría máquina? Os sorprenderíais, de veras… Porque Nash dice: “Lo que distingue lo real de lo irreal está en el corazón”

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~ por Amelia Edwards en octubre 29, 2008.

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