Tunisia

Túnez, mácula comercial de este mundo de consumo, zona de turismo colonial en donde los colonizadores (¿seré una freak de Ogame?) destripan sus billeteras en la aduana, transformando en dinares todo lo que se compra, o todo lo que te quieren vender. Con descuido acabas pagando una hipoteca, una suegra y un dromedario tunecino. Todo se vende menos el honor, compraventa que parece ser sólo reservada a los bajos fondos, detrás del halo turístico, fondos a los que no se accede y menos siendo fémina. Circuitos preparados, destinados a la ganancia del país: turismo de ama de casa, de demostración y compra. Túnez me ha decepcionado, por mucho que intente convencerme de lo contrario. De un sur paupérrimo se avanza hacia un norte occidentalizado (¿quién marca y cuál es realmente la frontera de lo occidental?): allí pagas y tienes. Pésimos transportes públicos, prima la casualidad y la suerte de no acabar en el país vecino. Montar en los interurbanos (¡qué atrevimiento llamarlo así!) es toda una aventura. El sol del desierto te quema las córneas y tu cámara captará bellos paisajes: a veces incesantemente repetidos. (¿Te cansas de ver arena?… ¿De verdad?). Pese a hablar de la “gran reforma educativa” (la promoción a la educación escolar es obligatoria), cada zona vive un poco por su ley. Niños de tres años que te suplican que les compres un collar, con un “por favor” por medio que te hace recordar que todo el turismo es una gran farsa. No nos engañemos, es un país en crecimiento desde los años cincuenta, aún en desarrollo y con muchas puertas por abrir, pero que aún no están abiertas. Túnez no disgusta, pero reconozco que me esperaba otra cosa. Ya subiré las fotos (¡ya era hora, Cristinita!).

Supongo que tengo una estúpida teoría sobre los viajes (o no tan estúpida): para viajar hay que concienciarse de que se va a producir un cambio, que se dará una renovación. Hay que viajar para renovarse en todos los sentidos, como una necesidad primaria de cambiar. Yo viajé a Túnez sin necesidad de cambiar (no voy a negar que desde el principio fue un viaje al que no quise ir). Y sin embargo fui. Ahora soy yo la que digo que no me apetece viajar. Te deseo, Raúl, que hayas disfrutado de Roma estos días: renovación o no, tiene que ser pecado (yo diría que mortal) no disfrutar de la luz y la eternidad de Roma, de su Historia y de la vida que allí se vive, de zonas como el Trastevere y los bares extraños con toque sesentero…

Yo, sin viajar tan lejos, he disfrutado del fin de semana. Hacía tiempo que mi hermano y yo no compartíamos buenos ratos, o simplemente yo sola paseando en bici por rincones perdidos de la Alcarria en busca de esos confines (tal vez algún día llegue a ese punto donde se acaba el horizonte), cámara en mano (¡por supuesto!). Me sorprendió, Pablito, que por un momento dejaras de lado tu imagen de hermanito sin corazón para explicarme dónde se encontraba Orion y si Syrius se veía desde casa con tu gran telescopio. Y me sorprendió ver que después de pasar dos horas congelados al ras de la noche, cazando estrellas cuando Tauro y la Osa Mayor querían irse a dormir, me acordara de sus nombres al levantarme por la mañana…

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~ por Amelia Edwards en marzo 22, 2009.

Una respuesta to “Tunisia”

  1. Da gusto leerte Cris…

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