Serrat

He estado en playas de arena dorada, marismas donde el agua jugaba con los niños. He visto nubes de algodón que abanicaban a las botjas y a las sabinas. Me he sentado en hamacas de rayas blancas y azules cerca de casas encaladas, donde las adelfas rosas caían cuando el viento susurraba mi nombre. He visto faros en días sin sol, donde he mirado atardeceres rojos (a los que se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino). Me he perdido camino de las covas foradadas, y he encontrado luz a lo lejos, en el tímido horizonte al que se asoman. Me he sentado en piedras a ver cómo Lorenzo se dormía, bostezando contra las rocas de los calones, rompiendo olas sobre el vergel de algas. [Sonríes]. Y me dabas la mano cerca del E-0251. Saltaba hacia la inmensidad en acantilados donde apagas el cigarro, sentada donde el viento traía olor a sal. He buscado el cyan en la caja de óleos para acompañar al magenta de los atardeceres y a rosado de los amaneceres, donde el amarillo deja una estela fugaz. He contado todas las rocas de la playa esperando a la noche. Me iluminó la sonrisa aquel faro aquella noche, cuando el sol nos hizo quemaduras y aquella libertad, como ninguna. Céfiro se llevó las velas de los barcos y se sentó a varar en la costa sombrillas y visitantes, para nunca quedarse solo. Me asomé desde  la tarima de la embarcación, oteando el horizonte, que se alejaba de la isla. [¡Ten cuidado!, decías]. Pinté un mapa en la arena donde poder encontrarte, y lo firmé con conchas que se olvidaron cómo regresar a casa. Nadé en el agua salada y me tumbé en la toalla azul, descansando con la sonrisa puesta. Fui paseando por el pequeño malecón de pino hasta perderme en los canchales y pinares de la isla, y regresé cuando ya no oía a nadie, mientras el quejigo y el romero me besaban las sandalias. Escuché guitarras por la noche y me dormí con la luz apagada, en la casa encalada. Caminé hacia Ses Illetes por la mañana, pequeño paraíso, para perderme entre el gentío y esconderme en tu cabeza. Me olvidé una camisa en aquel armario de caoba. Vi un chápiro verde, como el del cuento aquel, al salado sol. Como el Mediterráneo de Serrat. Sonreí, y me despedí de la playa. Hasta el año que viene…

(Y lo malo es que me lo han contado, aunque Cristinita sí lo ha visto con sus ojos…)

Donde el viento traía olor a sal

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~ por Amelia Edwards en agosto 23, 2009.

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