Cuántos cuentos cuento

Y el caso es que no quiere que lo escriba. Pero antepongo la entrada sobre Alicia, o la de la lírica, o la de los amigos, o la de los blogs vecinos. Escribiré sobre no escribir. A veces necesitas darle un empujón a la primera letra para que le sigan las demás, corriendo, sin prisa, sin pausa. Pongo un poco de música, Joshua Radin, para llamar a la inspiración. Llaman a la puerta. ¡Es ella! Sin dilación, atraviesa el corredor para, de repente, dejar la gabardina, encender un pitillo y contarme su historia. O es él el que la cuenta. O soy yo la que la inventa. No sé, me pierdo y me encuentro. Y aquí no llueve. La inspiración me cuenta, amargamente, que le duelen las heridas piadosas. ¿Cognac? No gracias, prefiero el bourbon, responde. Otra calada. “¡Pero si yo le llamo todos los días!”. Y yo escucho sus cuentos, como antaño. Y de repente, me veo de paladín de la escritura, transmitiendo un post que no debo, pero que me apetece. Como son ideas desgranadas, en tan pocos segundos, me veré obligada a reestructurar mi discurso cuando ande sin tantas prisas, o con menos tiempo. A veces escribir algo para no escribir es verdaderamente complicado, cuando no tedioso. ¿Y qué contar? Pues eso, tantos cuentos que cuento yo…

A lo mejor, de la vergüenza de verse citado, decide reabrir el local y servirnos más bourbon. No llores, inspiración. Tiempo al tiempo.

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~ por Amelia Edwards en mayo 1, 2010.

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