Mi familia y otros animales

Queda así inaugurada la sección de libros en este blog. No pretendo suplantar la calidad de los comentarios del sr. Corrales, es más que evidente. Además, tengo claro que con la práctica iré mejorando mi prosa (sobre todo en lo que respecta a sinónimos y riqueza gramatical: perder el sano hábito de la lectura pasa factura, y te hace sentirte enferma de un Alzheimer literario del que cuesta recuperarse).

El maravilloso libro de Gerald Durrell tiene cierta historia detrás de sus tapas. Tuve acceso a él por primera vez en la rudimentaria biblioteca de mi instituto. Abría todos los días en el horario de recreo, y a veces, nos llevaban a clasificar y estampar el sello de la institución entre sus páginas en las “tutorías”. En parte, supongo, nacería mi renovado interés por las bibliotecas y los archivos ahí. Al final de la biblioteca, en las baldas de metal marrón, estaban colocados los libros de Durrell, haciendo esquina con varios textos latinos, y algún que otro libro de postín inglés. Bichos y demás parientes, que llegué a leer, no me acabó de impresionar. En la portada, una tarta de novios. Desgraciadamente es lo único que puedo recordar del libro. Pero Mi familia y otros animales siempre se me hizo difícil. Y no porque sea un libro complicado.

Lo cierto es que debo ser un bicho raro, pero creo que los libros se deben escoger con cuidado en determinadas épocas de la vida, del año, del día, y otras hay que hacer girar la cabecita loca, y dejarse llevar por el instinto (y voraz hambre de letras). Siempre creí que los libros de Durrell son lecturas de verano, como las bicicletas. Hace dos adquirí un ejemplar de bolsillo, pero nunca saqué “tiempo” para leerlo. Aquel verano oscuro, hice un esfuerzo por hojearlo, pero no retenía el argumento. Se quedó, acumulando polvo, junto a un Torrente Ballester y el Tenorio, en una estantería en la aldea. Lo veía los fines de semana, pero durante el invierno, las lecturas de verano, sacrosantas, se deben mantener virginalmente alejadas de las manos. El año pasado, con el buen tiempo, tenía intención de leerlo. Pero al corazón no le apetecía. Así que nada, otra vez estuve entretenida con tediosas lecturas históricas, sazonadas con Coetzee y Fitzgerald… y el pobre Gerald, en el estante.

Este año, cuando decidimos marcharnos a la playa cinco amigos, en un arrebato loco de juventud, lo guardé en la mochila. Había acabado los exámenes de junio, y aunque tenía tarea para verano, quería desconectar. Cuerpo y mente, aparte de sol, alcohol, arena y playa, me pedían una lectura de verano. Y como cuando coges algo a lo que tengas mucho aprecio, con cuidado, lo empecé a leer.

Durrell enamora. La candidez de un niño, de unos diez años, en Corfú, y la prodigiosa manera de evocar todos los paisajes por los que se pasea junto a su perro Roger (más tarde la familia canina aumenta con Pis y Vómito, y Dodo, una monstruosidad de la naturaleza), hacen sentir una envidia muy sana y un intenso sentimiento de retorno a la infancia no vivida. Humor british, con descripciones tan reales de la flora isleña que desde las páginas puedes apreciar su olor, con personajes estrambóticos (Spiro y Teodoro son buena muestra de ello), animales y anécdotas, y las historias familiares protagonizadas por los hermanos del pequeño Gerald: Larry, Leslie y Margo… hacen de las casi 400 páginas una novela increíble. La estancia de los Durrell, por motivos decimonónicamente sanitarios (“el aire de la costa griega, mejor que el de Inglaterra”), durante cinco años, en una isla hasta ahora desconocida para mí (al menos, en cuanto a sus descripciones naturalistas), te llevan, sin querer queriendo, a comprar una guía de viajes del paraíso griego. Al final, como todos los finales, el regreso a Inglaterra se te hace duro como lectora. Quieres más Corfú, mucho más.

Las juntas de las tapas se llenaron de la arena de las dos playas en las que estuve, y al abrir el libro, sigue oliendo a conchas, crema protectora y sal. Ahora sí es un libro de verano.
Por otro lado, sé que no ha sido una entrada referida a un libro muy “al uso” que digamos. Pero quizá, más que contar el argumento, quería contar la historia que lleva detrás. Y qué narices, que me apetecía. Aun así, queda por descontado el hecho que recomiende el libro encarecidamente. Para todos los Peter Pan que aún quedan.

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~ por Amelia Edwards en julio 12, 2011.

3 comentarios to “Mi familia y otros animales”

  1. Aquí hay un Peter Pan… Lo anoto.

    ¿Han hecho ya el videojuego?

  2. No me consta, pero me parece que película sí, porque al buscar una imagen para poner junto a la entrada (y que fui incapaz de centrar) me aparecía una carátula.
    La trama del libro no te hace pensar: pero es precisamente eso. Con las descripciones, te metes de lleno en Corfú, y te imaginas dentro de esos campos, saludando campesinos y comiendo uvas, cazando lagartijas o pescando peces. Una vuelta a la más tierna infancia.

  3. Vaya, yo debía de tener 12 años cuando leí a Durrel, en un abrasador verano extremeño, seguramente. Tengo vagos recuerdos de los tres libritos de esta pequeña colección, pero todos son muy amables, recuerdo haber disfrutado mucho con ellos.
    Bonita primera entrada, en cualquier caso. Si mi experiencia sirve de algo, te diré que considero que mi “estilo” ha mejorado según el Pazo se iba haciendo mayor. Y comparto eso de hablar de casi cualquier cosa menos del argumento para hablar de un libro.
    Nos vemos en las Bibliotecas.

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