Rubio

Aunque en realidad se llama Alberto. Estaba tomando unas cañas con unas amigas cuando ha aparecido esta tarde. Creo que hacía lo menos tres años que no lo veía. Me he alegrado al comprobar que sigue vivo y hemos estado charlando un poco.

Le llamaban el Rubio por su color de pelo y sus preciosos ojos azules. Su hermano era graciosísimo de pequeño. Luego, pues crecen, y claro… Me lo presentó Jorge, primer novio serio. Recuerdo aquella época con una sonrisa, porque a fin de cuentas son buenos recuerdos. La mayoría de la gente le temía, el Rubio es un ario muchacho, que te saca un promedio de tres cabezas, con una voz tomada por los ríos de alcohol ingeridos, y por otras tantas sustancias que a mucha gente no le han dado más de una oportunidad. Para la mayoría de los padres con dos dedos de frente, era “gente con la que no debes salir ni mezclarte”. Sin embargo, y como suele pasar con todo, una cosa es la parte superficial, y otra el interior, al que no se accede tan fácilmente. Por alguna razón que desconozco, a mí siempre me cayó bien. Aún recuerdo cómo me contó el inicio de “todo”. Cómo se volvió un ser violento, como acabó entrando en luchas ajenas, cómo pasó de ser aquel niño rubio a un skin que bajaba a Alcalá a partirle la cara a nazis en las diversas redadas, cómo entró en un mundo de sustancias y cómo se abandonó a una vida que no le correspondía, dejándole cicatrices y heridas en vez de recuerdos. Cómo sucedieron muchas otras cosas, que no podré contar jamás por la palabra dada en su día.

Tenía 12 años, y la primera vez que pegó a alguien fue después de sufrir acoso en el internado por parte de dos chavales de octavo. A uno de ellos le metió la cabeza en un w.c., con un corte de los que sólo se sutura con muchos puntos. Me lo contó una tarde en un arranque de sinceridad junto a una barra acolchada de un bar, después de verme llorar, el año que yo sufrí acoso escolar —una tortura que se alargó tres años más—. Aquel relato lo incluí en un dossier para la Dirección del instituto. Me dijo muchas cosas que ahora han quedado en un olvido de tinta que no suelo remover, por salud mental propia y ajena.

Vivía para olvidar. Alberto pasó muchos años compañero del hachís, de los polvitos de talco, doña María, de las setas, y de la heroína. Aunque desde luego, como el alcohol, ninguno. El vicio de la nocturnidad y la alevosía. A sus veinticinco años aparentaba cuarenta, con la voz del bebedor de whisky matutino, con el tartamudeo del exceso, con los movimientos epilépticos y la mandíbula desencajada, y con los globos oculares puestos en periferia, sin ser capaces de centrar la atención en nada. Jorge también bebía (y bebe) mucho, y alguna que otra vez lo recuerdo, no sin cierto sabor amargo, tontear con alguna que otra cosa que no era precisamente un caramelo. Recuerdo las tardes en las rocas, con una litrona, mucha gente, casi un Woodstock, escuchando ska y oi!, atardeceres a son de reggae y punk. A mis dieciséis descubrí un mundo nuevo, de lucha política, que todavía suena a veces cuando rescato viejos discos.

Alberto, si no perdía los estribos, era una persona dulce, un trozo de pan. A mí nunca me ofreció una palabra más alta que otra, me protegía por ser la novia de su amigo, y más de una vez me defendió. Cuando yo acabé, harta de días de vino (sin rosas), dejé de salir con la misma gente. Coincidíamos menos, él se fue a Soria, yo me vine a Madrid. Pasaron los años. Nos saludamos hace tres Nocheviejas, creo, y yo lo hacía con cirrosis.

Pero esta tarde me ha dado una lección. Me ha contado que ahora trabaja, que lleva varios años trabajando, que no se le caen los anillos por trabajar en cosas en las que los demás no lo harían, y que no le gusta ser tildado el hijo del médico —porque del pastizal de los progenitores no quiere saber nada—. Todo lo que ha ganado lo ha hecho con el sudor de su frente y un montón de horas de trabajo. Hace años que dejó sus escarceos con la droga, sólo fuma tabaco, y ahora se arrepiente de los años de lucha (una lucha que le es completamente ajena y que le ha dejado con la hiel en la boca). Apenado, me decía que las cicatrices sólo le recuerdan que ha perdido diez años de su vida, y que ahora, a sus treinta, lo que quiere es vivir. Pero vivir de verdad, que la vida son dos días. Sin bronca, caos ni rebelión. Dejó de estudiar a los dieciséis, y ahora está aprendiendo a tocar la guitarra española y va a clases de inglés. Lleva un tiempo buscando una casa en Madrid, porque trabaja allí, pero cada día tiene que ir desde Guadalajara. Pero no al sur. Quiere desligarse de todos los grupos anarquistas a los que selló su causa, a los que designó su ficha policial, y a los que sirvió fielmente como lobo de manada. Ahora quiere vivir para recordar.

Le notaba cansado, con cierta incapacidad (permanente) de pronunciar todas las palabras (son muchos años de excesos serios) y la pérdida inconsciente de concentración, pero con una vitalidad que jamás hubiera creído posible en él. Creo que sentía orgullo al oírlo decir todo aquello. Y una alegría sincera, de las de verdad, de las que sabes que merece la gente. De saber que por fin alguien ha madurado mucho. Se merece lo mejor que pueda desearle. “De verdad, no dejes que nada ni nadie maneje tu vida, vive libre, pensando sólo en ti. Las ideas por las que luché se cobraron mi juventud, y ahora sé que tengo poco tiempo para poder vivir. Vive, simplemente vive”.

Nunca le llamé Rubio. Para mí siempre ha sido Alberto, el chico de ojos dulces con voz rasgada, con la fuerza de cuatro personas pero la bondad de cien. Desde luego, ha sido una coincidencia maravillosa. Ha aparecido Jorge después, y hemos estado hablando —no sin dejar de notar las miradas de odio, duda (“¿pero ésta de qué conoce al Rubio?”) y temor de las amigas— de aquellos tiempos pasados que ya no volverán. Nos hemos guardado una sonrisa los tres.

Nota: No quería publicar esta entrada hoy, porque tampoco tengo intención de saturar el blog. Pero, para el caso, os podéis racionar la lectura, para que no os resulte pesada finalmente. Hoy me apetecía contarlo. Será que nos hacemos demasiado mayores.

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~ por Amelia Edwards en marzo 19, 2012.

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