Viejo cuento

Hacía frío cuando he bajado del tren. He estado apurando las horas en Madrid esta tarde. Supuestamente aprovechando el tiempo, pero lo cierto es que llevo días sin centrarme, agotada mentalmente.

Está siendo un mes de mierda, por calificarlo de alguna manera. Hace no mucho que murió alguien de la familia. No tenía mucha relación con ella, pero me hubiera gustado, ¡redios que sí!, haber sido algo más sobrina y menos desconocida. En Semana Santa estuvimos en Zaragoza viéndola, a ella y a los demás, porque la habían ingresado de nuevo. Después de (superar) un cáncer, muere por una negligencia médica en toda regla, del corazón. Comimos con su hermana mientras ésta nos contaba cómo a mi padre le prohibieron verlas (mis propias tías), de pequeño, cuando mi abuelo —el hermanastro— murió (de cáncer, también). Hacía muchos años que no veía a mi padre llorar como en aquella comida. En silencio, en la mesa. Mientras los demás no decíamos nada. En el hospital le dije a ella: «no se preocupe, cuando se ponga bien, comeremos en su casa, todos juntos; ya verá como nos vemos pronto». Y murió el sábado siguiente, sin decir nada.

Toda la gente que se va de mi lado, se va con una promesa. Les prometo algo que nunca cumplo. Como aquel ensayo, aquella canción, aquella comida. Me dejáis un vacío que no sé cómo ir llenando, aunque pasen los años, y pasen, y pasen… sigue yermo y seco.

En semanas de mierda como ésta vuelven todas esas promesas incumplidas. No éramos amigos, en honor a la verdad, pero sí conocidos, compañeros de instituto. Cuando me lo dijo mi hermano no me lo podía creer. Casi en el acto. Con veintiséis. En verano estuve cenando con unos amigos en su restaurante; todos esos premios no habían sido regalados. Merecía la pena compartir mesa y degustar aquellos platos. Yo no pude salvarte, Santos, pero hace siete años a Ana María sí. O quizá sí, y no lo logré. Supongo que la punzada de culpa me acompañará siempre.

También ella murió de un accidente de moto, aunque pasó varias semanas en coma hasta que decidieron desconectarla. Iba con el pianista del grupo. Esa tarde teníamos ensayo, y al no aparecer por el local, lo llamamos insistentemente. Supongo que siempre recordaré lo que le dije: «vente al ensayo, Dani, por favor, mañana podéis salir otra vez de fiesta». Varias llamadas. Pero él no quiso. Si hubiera insistido un poco más, si lo hubiera convencido, no hubieran estado en el pinar y no se habría caído ella de la moto. Quizá un par de llamadas más; haberme puesto más pesada. Lo siento, Ana, lo siento de corazón.

No puedo jugar a los futuribles, pero si volviera a tener quince años, os prometería muchas cosas. Habría convencido a Dani, grabado aquella canción con mi abuelo o visitado más veces. Os habría dicho que os quiero, a mucha gente. Habrías entrado a aquel ensayo y habríamos celebrado en familia muchas cosas. Te habría abrazado más, abuela. Me habría ahorrado conocer a mucha gente (mala), y habría aprovechado mejor el tiempo con los que de verdad importan. Te habría avisado, Santos, aquel día. Lo siento. La silueta que el sol dibujó trajo un vacío de sombras.

En todo eso iba pensando al bajar del tren, con el aire enrarecido y Sigüenza marchita, callada. Llorando, andando de camino a casa. Después de aguantarme las lágrimas mucho tiempo.

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~ por Amelia Edwards en mayo 12, 2013.

Una respuesta to “Viejo cuento”

  1. Siempre que sufrimos una pérdida nos acompaña la culpa, de un modo u otro, y nadie puede convencerte de lo contrario. En mi experiencia, la culpa acaba menguando hasta que apenas es una mota.
    Sólo puedo decirte “¡ánimo!” y darte un abrazo desde aquí.

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